Homilía de Mons. Olivera por la aparición del submarino ARA San Juan


Misa de Acción de Gracias y pidiendo por el eterno descanso de los 44 Tripulantes del ARA San Juan.

Quiero agradecer la presencia de cada uno de ustedes. Particularmente la del Señor del Jefe del Estado Mayor General de la Armada Sr. Vicealmirante José Luis Villán, y a los miembros y representantes de otras fuerzas militares y de seguridad.

A los distintos Capellanes presentes en nuestras Unidades. Gracias por venir y a dar gracias por la Aparición del Submarino y pedir por el eterno descanso de estos 44 hermanos nuestros, tripulantes del ARA San Juan.

Cuando regresábamos de Mar del Plata el 16 de noviembre 2018 junto al Capellán Mayor de la Armada, conversábamos sobre la necesidad de pedirle con confianza e insistencia al Siervo de Dios Enrique Shaw, hombre laico y miembro de la Armada, para que interceda ante Jesús por la aparición del submarino. ¿Cómo no dar gracias?

Hemos escuchado y visto en el Evangelio que Jesús llega. A los ojos humanos parece que es demasiado tarde. La gente viene y va para consolar a la familia del difunto. Marta sale corriendo a recibir al Señor y no puede contener la queja de su corazón. Reza como es, con sencillez, con humildad. Reza con su dolor y con sus lágrimas. Reza desde lo profundo de un corazón necesitado de una gracia que no se atreve a pedir. Y recibe un don muy particular: su fe se hace más fuerte, más profunda. Ahora cree más en Cristo, en su salvación, en su amor. Se trata de una fe purificada, una fe difícil: no es fácil volver a decir que sí cuando la piedra ha cerrado las alegrías de la vida. Jesús esta vez no enseña nada. Va a actuar con los ojos puestos en su Padre. El milagro será la respuesta a la fe limpia y amorosa de dos mujeres que lloran la muerte de su hermano. ¿Cómo reaccionamos en la prueba? ¿A quién acudimos? ¿Hacia dónde va nuestra oración? Santa Teresa del Niño Jesús nos enseña que “la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría”. La esperanza se enciende cuando miramos más allá de las estrellas y recordamos que Dios es omnipotente, que “su misericordia es eterna”, que “su fidelidad dura por siempre”, como repiten tantos salmos. Incluso cuando hemos recibido el zarpazo de la muerte: la vida y el bien son más fuertes que el dolor y el fracaso.

No nacimos para el sepulcro, sino para la vida. No estamos llamados a la tristeza, sino a la alegría de la Pascua.

Nuestra fe será una luz en medio de la noche, una antorcha en la oscuridad del mundo, grano de mostaza que va creciendo poco a poco y beneficia a tantos hombres, fuerza e instrumento de todas las victorias frente al mundo.

Es importante reconocer que Dios se hizo hombre, se encarnó para ganarnos la vida para siempre. Dios continúa un camino, un proceso de salvación. El pecado había hecho perder al hombre la posibilidad del paraíso, que es contemplar a Dios cara a cara, gozar en su presencia, donde no hay dolor, no hay llanto, no hay sufrimiento, no hay lágrimas, donde no hay muerte. El pecado además del  drama de apartarnos de nuestra contemplación de Dios, nuestro caminar con alegría bajo la mirada de Dios, introdujo el drama de la muerte. La muerte será desde el pecado ese aguijón de nuestra carne, eso que evadimos. Esa realidad tan cierta y lo más seguro que tenemos en la vida, que solo por vivir podemos morir, sin embargo, la distanciamos, no la elaboramos, no la consideramos como parte de nuestra vida y si la tuviéramos presente, pero no de modo traumático, sino como el paso a la Vida plena que nos ganó Jesús con la suya, cambiaría nuestras acciones, actitudes, opciones, nuestras miradas. Verdaderamente manifestaría en quien creemos. La muerte ha sido vencida con la muerte de Jesús y con su Resurrección. Por nosotros los hombres y por nuestra salvación Dios descendió del cielo, y Jesucristo murió en la cruz para salvarnos, dio su vida hasta el extremo. La triste consecuencia de la muerte será una realidad, pero la expresión que hemos escuchado recién en el Evangelio: que, si creemos, aunque muera viviré, es la certeza de saber que la muerte no es lo definitivo, que la muerte nos enfrenta ante la realidad de que somos peregrinos, de que hay un fin. Y que la muerte es tan importante como la vida, y la muerte está pensada en el proyecto de Dios. Nadie muere antes de tiempo, ni muere en las vísperas. Esta expresión de las hermanas de Lázaro: si hubieras estado aquí mi hermano no habría muerto. Podríamos presentarle varias situaciones de reproche a Jesús. Si quizás se hubiera mantenido como se debe mantener a nuestras Fuerzas Armadas, varios sufrimientos nos hubiéramos ahorrado los argentinos. Si no hubiera sido esa vocación: mi hermano, mi hijo, mi esposo, mis amigos, no habrían muerto. Si no hubiera ido ese día mi hermano no habría muerto, si estaba enfermo y no podía viajar mi hermano no habría muerto. Hay muchas afirmaciones que podemos hacer. Sin embargo, el Señor sabe nuestro día y sabe nuestra partida. Más allá de saber también los riesgos que implican una vocación y una profesión que preparan para el olvido de si y la entrega de la vida por el bien de todo.

Creo que es muy importante entender desde este dolor, desde este drama y tragedia cosas positivas. Lo que muchas veces solemos decir, “no hay mal que por bien no venga” también es una realidad, aunque nos duele y nos cueste. El bien de recuperar lo que significa la valoración de estos hombres y mujeres, de estos jóvenes que se capacitan para servir a su pueblo, para servir a la Patria, para defender nuestras fronteras, para defender nuestros mares, nuestras vidas y a costa del riesgo y de la propia vida. Que valoración debemos tener con tantos hombres y mujeres que silenciosamente trabajan día a día por encarnar esta vocación, única vocación y profesión que preparan también a morir por un bien mucho mayor. El Amor a la Patria, el amor a los hermanos.

Duele sin lugar a dudas enfrentar la realidad. Pero solo enfrentando la realidad podemos vivir sanamente. Solo asumiendo las realidades podremos redimirlas. Solo asumiendo el drama de la muerte y concretamente de estos 44 tripulantes, la gran familia Naval argentina, los familiares de cada uno podrán asumir, podrán comprender el proyecto de Dios en la vida de cada uno. Solo asumiendo la realidad. Cuando nos oponemos a ella, cuando la queremos transformar, cuando la queremos construir, cuando solo queremos echar culpables no encontraremos paz. Como en la misma imagen del pecado original. El pecado original: pecado de Adán y Eva es el inicio de que la culpa siempre la tiene otro. Cuando asumimos la crudeza de la vida, cuando asumimos la posibilidad de morir solo por estar vivos nuestra mirada cambia y más cuando sabemos que hay cielo, cuando transitamos la vida sabiendo que hay un Padre, cuando la vida nuestra es siempre pascual. Muerte y vida, muerte y resurrección.

Hoy celebramos la Misa por estos 44 hermanos nuestros. Pero celebramos dando gracias porque apareció el Submarino ARA San Juan, hemos tenido la gracia de compartir con algunos lo que significaba la incertidumbre, el dolor. Sumando al dolor de la partida, al dolor de la desaparición del submarino, el dolor dela incerteza, el dolor a saber que paso y porque y dónde está. ¿Que habrán sufrido?, ¿cómo estarían? Y apareció y nos da la posibilidad de la verdad, nos da posibilidad de justicia. Por eso damos gracias a Dios. Porque es un camino también que nos abre la posibilidad del cierre, de hacer duelo. Nunca será igual la vida para las familias directas. Desde aquel 15 de noviembre del 2017 que no se tuvo noticias del ARA San Juan. Nunca será igual la vida para aquellos que hemos perdido a un ser querido y que ha muerto también una parte nuestra con ellos, los recuerdos, los afectos, los diálogos, tantas cosas compartidas. Pero quienes tenemos fe sabemos que tenemos que mirar para arriba para el cielo y para adelante, porque Jesús camina a nuestro lado y que un día todos nos reencontraremos.

Quiera Dios que ésta triste situación del submarino no sirva, no sirva, para seguir dividiendo a los argentinos, para aprovechar de este drama, de esta situación bien difícil: puntos de desencuentro entre los argentinos. Tendríamos que haber estado muy contentos todos,  a pesar de todo, a pesar de la situación, y buscando luego verdad y justicia, pero la alegría de que ha aparecido y no buscar nuevos deseos a veces casi imposible de cumplir, pero que nos hacen distraer la gratitud más elemental de bien nacido: agradecer a Dios y a nuestra patria, al gobierno, al estado, a la Armada Argentina y a sus hombres y mujeres, que pusieron los recursos, ciertamente también a insistencia de las familias. Damos gracias a Dios por ello. Virgen Stella Maris, te suplicamos que nos orientes y nos conduzcas
al puerto de la bienaventuranza eterna concediéndonos en la vida y en la muerte la misericordiosa dulzura de la paz.

Mons. Santiago Olivera
Obispo Castrense de Argentina

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