Enrique Shaw y Juan Pablo II: Una visión compartida sobre el desarrollo humano
El compromiso de Shaw con la Doctrina Social de la Iglesia lo llevó a trabajar denodadamente por la dignidad del trabajador y la justa relación entre patrones y obreros como ámbito específico de su apostolado y santificación.
El Vaticano confirmó, en diciembre pasado, la beatificación del empresario argentino Enrique Shaw (1921-1962) tras aprobarse un milagro atribuido a su intercesión. Será el primer empresario moderno reconocido como beato. Su compromiso con la Doctrina Social de la Iglesia lo llevó a trabajar denodadamente por la dignidad del trabajador y la justa relación entre patrones y obreros como ámbito específico de su apostolado y santificación.
Recientemente llego a nuestra bandeja de entrada un trabajo de Shaw titulado “… Y dominad la tierra. Concepto cristiano del desarrollo” * en el que encontramos una profunda coherencia del pensamiento social cristiano expresado en su momento por el laico argentino y los posteriores textos magisteriales del Papa Juan Pablo II: Laborem Exercens (1981) sobre el trabajo; Sollicitudo Rei Socialis (1987) sobre el desarrollo, y Centesimus Annus (1991) sobre la cuestión social.
De la vocación al deber
Para Enrique Shaw, el desarrollo no es una opción técnica, sino un imperativo religioso. En el trabajo que comentamos, Shaw afirmaba que el vocablo «desarrollo» debía ser motivo de alegría para los cristianos, pues «sólo nosotros los cristianos podemos, y por lo tanto debemos, darle todo su verdadero valor». Shaw rechazaba la idea de que la fe fuera un obstáculo para la acción en el mundo; al contrario, sostenía que el mundo es «el lugar donde se elabora su destino eterno» y donde el hombre debe influir para que la historia se aproxime al Plan de Dios.
Esta visión anticipa lo que Juan Pablo II formalizaría décadas después cuando enfatizó que enseñar y difundir la doctrina social pertenece a la misión evangelizadora de la Iglesia. Al igual que Shaw, quien veía en el desarrollo una forma de «moralizar» la actividad terrestre, Juan Pablo II sostuvo que las cuestiones del desarrollo son, ante todo, morales, y que no se puede prescindir de esta dimensión esencial. La «intervención en el mundo», que Shaw defendía como un derecho y un deber intrínseco del laico católico, se convierte en el magisterio de Juan Pablo II en un «compromiso por la justicia» según la vocación de cada uno.
Desarrollo y justicia social
Shaw insistía en que la justicia no es algo que solo deba esperarse para el Juicio Final, sino que es una responsabilidad humana procurar que exista desde ahora, por limitada que sea nuestra contribución. Para Shaw, los planes de desarrollo no dependen solo de factores técnicos, sino de la «jerarquía de valores» de quienes los elaboran, priorizando, por ejemplo, la vivienda digna para formar familias sanas sobre otras infraestructuras meramente económicas.
Juan Pablo II profundizó este concepto mediante el análisis de las «estructuras de pecado». En su enseñanza, el desarrollo no es un proceso rectilíneo ni automático, sino un «acontecimiento de libertad» que debe ser regido por un objetivo moral. El Papa coincide con Shaw en que la mera acumulación de bienes no basta para la felicidad humana si se obtiene a costa del subdesarrollo de otros y sin considerar la dimensión social y espiritual del hombre. Lo que Shaw llamaba responsabilidad en «hacer la Historia», Juan Pablo II lo definió como la necesidad de que los hombres se reconozcan como personas y se hagan responsables de los más débiles.
Dominio de la tierra
Uno de los puntos que expone Shaw es su interpretación del mandato bíblico «dominad la tierra». Explica que Dios entrega al hombre un «dominio y señorío vicario», llamándolo a llevar la creación a su término mediante el crecimiento de la cultura y el dominio sobre las fuerzas de la materia. El hombre, al «poner en valor» los recursos de la creación, entra en la perspectiva inicial de Dios. Sin embargo, Shaw advierte que el pecado rompió la armonía original, haciendo que el hombre se crea «dueño» en lugar de administrador, lo que obstaculiza la misión de las cosas visibles de conducirnos a lo divino.
Esta «administración vicaria» de Shaw es sostenida por Juan Pablo II en lo que denominó «ecología humana». El Papa señaló que el hombre, al descubrir su capacidad de transformar el mundo con su trabajo, a menudo olvida que este se basa en la donación originaria de Dios. Juan Pablo II advierte, en sintonía con Shaw, que el hombre no puede disponer arbitrariamente de la tierra, sometiéndola sin reservas a su voluntad, sino que debe respetar la «fisonomía propia» y el destino dado por Dios a la naturaleza. La advertencia de Shaw sobre la tiranía de lo sensible tras el pecado resuena en la denuncia de Juan Pablo II sobre una naturaleza «tiranizada más que gobernada» por el hombre.
El papel del trabajo: colaboración con la obra creadora
Para Enrique Shaw, el trabajo es el medio por el cual el hombre continúa la obra de Dios. El «séptimo día» marca el llamado al trabajo humano para moldear la arcilla del mundo y que se graben en él los rasgos de Dios. Shaw incluso utiliza la metáfora del «andamio y el edificio»: las realidades terrestres (el desarrollo, la técnica) son el andamio necesario para construir el edificio definitivo, que es el Reino de Dios. Al concluir la obra, el andamio no se descarta, sino que se «asume» y se transfigura en el edificio final.
Esta teología del trabajo encuentra su máxima expresión magisterial en Laborem exercens. Juan Pablo II sitúa al trabajo en el centro de la cuestión social, viendo en él la dimensión subjetiva donde el hombre se realiza como persona. Al igual que Shaw, el Papa enseña que mediante el trabajo el hombre es «colaborador de Dios en la obra de la creación». La idea de Shaw de que los valores humanos orientados a Jesucristo aseguran el «éxito del mundo en Dios» es afirmado por el Papa al considera la actividad económica, como dimensión esencial humana, puede ser «fuente de fraternidad y signo de la Providencia».
Continuidad y evolución
La conexión entre Shaw y Juan Pablo II entendemos que no es solo temática, sino metodológica. Ambos parten de una visión teológica del hombre integral. Shaw rechaza tanto el pesimismo que desprecia lo temporal como el optimismo exagerado que ignora el pecado. Juan Pablo II, de igual forma, critica los modelos que reducen al hombre a la esfera económica, ya sea en el colectivismo marxista o en el consumismo capitalista, calificando ambos como formas de «alienación».
La evolución más clara se da en el concepto de solidaridad. Mientras Shaw habla de fuerzas «solidarias indispensables» para el desarrollo, Juan Pablo II eleva la solidaridad a la categoría de «virtud moral», definiéndola como la determinación firme de empeñarse por el bien común. Shaw anticipó, por así decir, esta necesidad al señalar que el progreso técnico debe facilitar la «unión de los espíritus», un concepto que el Papa expandió al plano internacional como respuesta a la interdependencia global.
La coherencia del pensamiento cristiano
El análisis de los documentos mencionado demuestra una notable coherencia en la tradición social cristiana. Enrique Shaw, en la década de 1960, anunció evangélicamente que el desarrollo no puede ser meramente económico, sino profundamente humano y divino. Su insistencia en la responsabilidad del laico en comprometerse con la justicia social presente, la administración de la naturaleza y el valor trascendente del trabajo humano, proporcionaron un marco vital que todo empresario cristiano debe imitar que el magisterio de Juan Pablo II validó y profundizó haciéndolos moralmente obligatorios.
La obra de Shaw nos recuerda que el desarrollo cristiano es, en última instancia, un acto de amor y servicio. Como él mismo afirmó, no se trata de elegir entre el «andamio» del mundo y el «edificio» de Dios, sino de construir andamios bien hechos que contribuyan a la solidez del edificio definitivo. Juan Pablo II sellaría esta idea al afirmar que el «anuncio» del Evangelio en el campo social es el camino para que el hombre se descubra a sí mismo y su vocación hacia la salvación eterna. Esta síntesis entre la acción temporal y el destino eterno permanece como el núcleo del pensamiento cristiano sobre el desarrollo, uniendo la visión práctica de Shaw con la sabiduría magisterial de Juan Pablo II.
* Concepto Cristiano del Desarrollo. Enrique Shaw y otros. Ediciones Hombres de la Acción Católica – 1963. Quien me remitió la publicación fue Jorge Torres, desde Paraná, antiguo amigo de correrías apostólicas y activo miembro del Círculo Católico de Obreros de esa ciudad.
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