Camino a la Santidad: Día de San José – 19 de marzo

En el año 2020, durante la pandemia, el Papa Francisco reflexionó sobre San José, patrono de la Iglesia Universal desde 1870. Es una meditación profunda sobre este padre humilde y discreto desde cuya figura queremos hoy reflexionar sobre nuestro Venerable Enrique Shaw, en camino a su beatificación, en la fiesta del Padre de Jesús, que se celebra el 19 de marzo. La Carta Apostólica del Papa Francisco sobre San José, del 8 de diciembre de 2020, en el 150 aniversario de la declaración de San José como Patrono de la Iglesia Universal, nos guiará en este recorrido para acercarnos a Enrique Shaw y descubrir cada vez más su vida de varón cristiano, discípulo misionero de Jesús, poniendo en esta oportunidad el foco en su faceta de esposo y padre de familia.

San José, en su fiesta, será ese espejo en el que mirar a Enrique, ya que nos ofrece el modelo de paternidad responsable, trabajador digno, aceptación de la vida y fe en las manos de la Providencia. San José testimonió el modelo de varón que ama sin posesión y sirve sin destacarse; en él, sin dudas, está la imagen bíblica del padre que trabaja en la sombra, cuida con ternura, obedece con fe y ama sin posesión. Enrique Shaw encarnó este modelo en la Argentina del siglo XX como empresario, padre de nueve hijos y apóstol laical comprometido con la Enseñanza Social de la Iglesia.

San José es:

  • Humilde carpintero de Nazaret.

  • Esposo de María.

  • Padre de Jesús, custodio de la Sagrada Familia.

  • Hombre justo y obediente a Dios.

Haciendo un rápido paralelismo entre la figura de estos dos varones creyentes, podemos descubrir las facetas de:

  • Padre trabajador: ambos valoran el trabajo como participación en la creación y la salvación.

  • Paternidad responsable: cuidado activo sin posesión, compañía cercana para promover la virtud de los suyos.

  • Discreción y fortaleza: presencia firme en la sombra, sin buscar protagonismo.

  • Santidad cotidiana: la perfección en lo ordinario es el camino.

  • Compromiso con el trabajo y con la dignidad de los trabajadores.

Padres amados

La grandeza de San José radica en su rol fundamental: fue esposo de María y padre de Jesús. Entró completamente en el servicio de la Encarnación y enseña que la verdadera paternidad se ejerce en libertad. Ser padre no es retener, encarcelar o poseer, sino hacer al hijo capaz de ser libre, porque el amor que quiere poseer finalmente siempre se vuelve peligroso, prisionero, sofoca y hace infeliz.

Enrique Shaw (1921-1962), como San José, también fue principalmente un esposo y padre de familia. Su santidad se manifestó en el hogar compartido con su esposa Cecilia Bunge y sus nueve hijos, a quienes educó con amor y libertad. Como padre de familia vivió con intensidad su misión de criar a nueve hijos pequeños. “Ser padre significa introducir al niño en la experiencia de la vida. No para retenerlo, sino para hacerlo capaz de elegir, de ser libre, de salir. Un padre que es consciente de que completa su acción educativa solo cuando se ha hecho inútil, cuando ve que el hijo ha logrado ser autónomo y camina solo.”

Se casó con Cecilia Bunge el 23 de octubre de 1943, a los 22 años. Entre ellos existió una profunda historia de amor reflejada en aproximadamente 1.600 cartas de noviazgo y matrimonio, compiladas en el libro Enrique y Cecilia. Cartas de Amor de su nieta Sara Critto de Eiras. Fue un noviazgo cristiano, con las características propias de la época, donde se percibe un trato cariñoso y respetuoso, y un amor que fue creciendo para compartir un proyecto común: el matrimonio y la familia.

Recorriendo sus escritos y testimonios sobre Shaw, se puede caracterizar su matrimonio como un amor respetuoso y maduro, centrado en el diálogo y el cuidado mutuo. En sus cartas aparece una relación afectuosa y consciente, marcada por el mutuo cuidado y la construcción compartida de acuerdos y proyectos. Ese trato continuó durante sus 20 años de vida matrimonial: lo primero que hacía al llegar a casa era preguntar cómo se encontraba su esposa. Cecilia testimonió: “Nosotros tuvimos nueve hijos y tuvimos vida de matrimonio. Conversábamos y discutíamos todo lo que sucedía. Nuestro matrimonio se veía completado desde el noviazgo por una gran amistad, incluso en las disidencias que podíamos tener. ¡Éramos tan felices!”.

Enrique Shaw afirmaba: “La vida de un padre de familia debe ser testimonio vivo de virtudes cristianas en lo ordinario de cada día”. Como escribe el Papa Francisco en Amoris Laetitia 9, al atravesar el umbral de una casa serena con la familia sentada en torno a la mesa festiva, en el centro encontramos la pareja del padre y de la madre con toda su historia de amor. Recordemos así a Enrique Shaw, esposo y padre de familia, siguiendo el ejemplo de San José.

Padres en la ternura

San José vio a Jesús crecer “en sabiduría, edad y gracia” (Lc 2,52). Cuidó a Jesús con la ternura de un padre que cuida a un niño. La ternura no es debilidad, sino la mejor manera de tocar lo frágil. El Espíritu revela nuestra fragilidad con ternura, mientras que el maligno nos juzga duramente. Solo la ternura de Dios nos salva.

Enrique vivió la ternura como lo hizo San José. Del Venerable se dice que practicaba una “alegría activa y acogedora” en el hogar, compartiendo generosamente con todos sin jamás usar la posesión como instrumento de dominio. Entre los testimonios aparecen expresiones y recuerdos muy elocuentes:

  • “Dame un corazón que escuche”, una de las expresiones más frecuentes de Enrique Shaw, recordada por su hija Sara.

  • “Todas las noches recorría las camas de los chicos, deteniéndose a charlar con los que aún estaban despiertos y besando a los demás”.

  • “Sostenía de manera deliberada una actitud sonriente en la vida familiar, desafiando la idea extendida de que el cansancio justifica el malhumor”.

  • “Debo ser como los demás necesitan que yo sea”.

  • “Un padre debe resolver su drama doméstico con acogedora dulzura. No ser taciturno, sino tratar a los demás con acogedora dulzura”.

  • “Enrique nunca peleaba con nadie y tampoco decía malas palabras. Era amable y atento con todos los que lo rodeaban”.

  • “Tener una espiritualidad profunda, realista y procurar ser como un padre, a la imagen de Dios: ser abierto, receptivo, estar disponible; tener un deseo de donarse a sí mismo y no buscar deseos egoístas, sino anhelar el bien de todos los que están a su cargo”.

San José y Enrique modelan una masculinidad cristiana con fortaleza comprensiva: un hombre fuerte en la verdad, pero tierno en la compasión. Pese a sus múltiples responsabilidades empresariales, apostólicas y públicas, Enrique Shaw consideraba la vida familiar como lo más importante. Nunca permitió que el trabajo compitiera con sus compromisos como padre.

Su hija Sara María Shaw decía: “Papá le daba muchísima importancia a la vida familiar. Él había perdido a su mamá a los 4 años. Entonces, yo creo que tenía una extrema sensibilidad por lo que es la vida de familia. La valoraba muchísimo”. También recordaba que, cuando había reuniones de celebración en la fábrica Rigolleau, él respondía: “No, no puedo juntarme porque tengo un compromiso”, y ese compromiso era comer con sus hijos. Otro testimonio afirma que el hogar era para Enrique Shaw el centro de la vida cotidiana: el espacio del diálogo, de la bendición de la mesa, del juego con los hijos pequeños, de la escucha atenta a los adolescentes y del descanso compartido.

Numerosos escritos cuentan que sus hijos lo esperaban con entusiasmo, atraídos por su buen humor y su permanente disponibilidad. Enrique Shaw practicaba una verdadera presencia en la escucha genuina a cada uno de sus hijos. Era amable y atento con todos los que lo rodeaban, especialmente con ellos.

“Si nosotros somos santos, serán también nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos”, fue una de sus convicciones fundamentales sobre la herencia espiritual. Rezaba diariamente el rosario en familia y le escribía a su esposa el deseo de dejar a sus hijos el hábito del rezo del rosario. La bendición de la mesa era un acto de fe y educación religiosa en cada comida familiar. La vida familiar irradiaba un clima de alegría activa y acogedora que sabían compartir generosamente.

Uno de los testimonios de sus hijas subraya que la familia Shaw no era “perfecta”, sino normal. Eso es crucial para entender que Enrique muestra que la santidad es posible para personas ordinarias, con problemas ordinarios, vividos con una fe extraordinaria. Elsa María Shaw decía: “Mucha gente cree que nuestra familia era perfecta. Pero no: ¡éramos normales, somos normales!”. Y también: “La santidad de papá es una bendición inmerecida que recibió la familia”. Sara María Shaw afirmaba: “Podríamos hablar horas de papá. Él fue un padre normal pero extraordinario en su coherencia”.

Para reflexionar personalmente o en grupos, Enrique Shaw invita a los padres y madres de familia a vivir:

  1. Presencia sobre ausencia.

  2. Escucha sobre imposición.

  3. Ejemplo sobre sermones.

  4. Alegría sobre rigidez.

  5. Normalidad sobre perfección.

  6. Sacrificio y entrega.

En una era de trabajo absorbente, Enrique prioriza estar presente: come con sus hijos, juega con ellos y escucha a los adolescentes. “Dame un corazón que escuche” no significa debilidad, sino sabiduría. Los padres que escuchan verdaderamente a sus hijos no pierden autoridad: la ganan. Enrique no predica simplemente con palabras; vive con coherencia. Reza en familia, trabaja justamente y trata a todos con dignidad. Sus hijos no necesitan que él les diga qué está bien: lo ven vivido.

Un padre santo no es un padre triste y severo, sino alegre, disponible y lleno de buen humor. Enrique muestra que la virtud y la alegría van juntas, y que la fe no empobrece la vida, sino que la enriquece. Sus hijas insisten: “Somos normales”. La familia Shaw tiene problemas como todas, pero los vive con fe, con integridad y con amor. Ese es el mensaje para padres agobiados por expectativas imposibles: la familia no necesita ser perfecta, necesita ser auténtica. Incluso enfermo, Enrique seguía sonriendo y amando; el sacrificio no era un gesto dramático, sino una manera habitual de amar para sobrellevar cualquier dificultad.

Padres trabajadores

San José era un carpintero que trabajaba honestamente para asegurar el sustento de su familia. Jesús aprendió de él el valor, la dignidad y la alegría del trabajo. El trabajo se convierte en participación en la obra misma de la salvación. De San José, Jesús aprendió:

  • El valor de comer el pan fruto del propio trabajo.

  • La dignidad del trabajo cotidiano.

  • La alegría de contribuir al bien familiar y comunitario.

Para los cristianos, el trabajo es:

  • Participación en la obra misma de la salvación.

  • Oportunidad para construir el Reino de Dios.

  • Modo de desarrollar potencialidades propias.

  • Servicio al bien común y al desarrollo integral de las personas.

Tanto San José como Enrique Shaw entienden que el trabajo es más que mera subsistencia. Es servicio, participación en la creación y santificación de lo cotidiano. Ambos demuestran que un carpintero y un empresario pueden ser modelos de santidad, poniendo por delante la realización del bien, con esmero y amor a Dios y al prójimo.

Enrique Shaw dejó reflexiones muy fuertes sobre el trabajo. Escribió que la vida activa ofrece una magnífica oportunidad de vernos a nosotros mismos, de descubrir cualidades y defectos, y que la manera de cumplir el trabajo puede ser un magnífico método de examen de conciencia. También afirmó que es necesario divulgar la verdadera dignidad, el sentido y el gran valor sobrenatural del trabajo, recordando que Jesús quiso nacer de una familia de artesanos y ser trabajador Él mismo.

Aunque fue un ejecutivo exigente y eficiente, los testimonios subrayan que era accesible a sus trabajadores, escuchaba genuinamente sus problemas y los trataba como hermanos, no como subordinados. Como director de Cristalerías Rigolleau, priorizaba la dignidad de sus trabajadores, de sus familias y de sus derechos sindicales.

Entre sus afirmaciones más destacadas sobre la misión del empresario aparecen:

  • “El empresario debe encarnar a Cristo en la empresa. La forma de hacerlo es aplicando sus enseñanzas”.

  • “Aplicar la doctrina cristiana, el mensaje de Cristo, a problemas concretos de la función del empresario”.

  • “Ser patrón no es un privilegio, sino una función”.

  • “Para juzgar a un obrero hay que amarlo”.

  • “Los trabajadores son seres espirituales cuya dignidad y valores humanos han de estar siempre en el pensamiento de aquellos que administran las riquezas de la tierra”.

  • “La Doctrina Social de la Iglesia debe ser inspiración en el quehacer empresarial”.

Los testimonios también señalan que conocía a todos sus colaboradores por sus nombres y apellidos, y que para él todos eran importantes. Incluso se decía que “Rigolleau era una familia”. En un mundo competitivo y tensionado por una economía que muchas veces olvida que el centro son las personas, su legado sigue interpelando.

Para reflexionar personalmente o en grupos, su ejemplo propone estas claves:

  1. Responsabilidad social.

  2. Dignidad del trabajador.

  3. Liderazgo ético y consecuente.

  4. Visión de largo plazo.

  5. Innovación con propósito.

  6. Diálogo y consenso.

  7. El legado importa más que el dinero.

  8. Integralidad humana.

  9. La dignidad del trabajo como derecho.

Padres en la sombra, que acogen y obedecen

San José es “el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta”. No busca protagonismo. Su felicidad no está en la lógica del autosacrificio, sino en el don de sí mismo. Su silencio es elocuente. Su sombra es protectora. Enrique Shaw, aunque fue dirigente nacional de Acción Católica Argentina, presidente de ACDE y figura pública en muchas organizaciones e iniciativas, nunca buscó visibilidad para sí mismo.

Su figura parece reflejarse en las palabras del Papa Francisco en Patris Corde: “El mundo necesita padres, rechaza a los amos; es decir, rechaza a los que quieren usar la posesión del otro para llenar su propio vacío; rehúsa a los que confunden autoridad con autoritarismo, servicio con servilismo, confrontación con opresión, caridad con asistencialismo, fuerza con destrucción”. Esa convicción de que liderar es servir lo llevaba a expresar que “si nosotros todos nos unimos, podremos trabajar para que todos seamos totalmente felices”.

San José protege en la sombra. Enrique Shaw trabaja sin buscar honor. Su poder real es proporcional a su invisibilidad, y esta es la paradoja del Reino de Dios. Ambos entienden que la verdadera fortaleza no es dominio visible, sino influencia discreta, cercana y fuerte como la de Cristo.

Ambos supieron poner en marcha la valentía creativa que surge cuando enfrentamos un problema, porque las dificultades pueden generar oportunidades de desplegar recursos inesperados. San José lo testimonió ante el anuncio del embarazo de María, en Belén al improvisar un espacio acogedor para Jesús, y ante Herodes al organizar la huida a Egipto en medio de la noche. La Providencia confía en nuestra iniciativa cuando parece que Dios no ayuda directamente: eso no significa abandono, sino confianza en lo que podemos planear, inventar y resolver.

San José enseña que el realismo cristiano no rechaza nada de lo que existe. La realidad tiene sentido. San Pablo recuerda que “todo contribuye al bien de quienes aman a Dios” (Rm 8,28), y San Agustín enseña que aun lo llamado “malo” puede tener sentido en una perspectiva más amplia de fe. Eso no significó que San José fuera pasivo, sino un protagonista valiente y fuerte, porque acoger los signos de los tiempos manifiesta en nuestra vida el don de fortaleza del Espíritu Santo.

Enrique Shaw lo supo y lo vivió hasta el final. Fue empresario durante décadas de crisis económica en Argentina, de crisis políticas y conflictos laborales, y finalmente enfrentó la enfermedad siendo aún muy joven y padre de nueve hijos. En cada circunstancia respondió con “valentía creativa”: no se paralizaba, sino que buscaba soluciones imaginativas.

Entre sus expresiones aparecen:

  • “Para lograr cualquier cosa, indiscutiblemente lo más importante es ponerse a trabajar duro y parejo. Luego, con un poco de organización y capacidad de síntesis, van saliendo las cosas; pero hay que trabajar, trabajar y trabajar”.

  • “Más que nunca en los tiempos actuales, tienen el deber los dirigentes de empresa de aportar un mensaje y la luz de la fe al desarrollo de los espíritus”.

  • “Nada anda bien en una sociedad donde muchos están mal”.

  • “¿Tenemos la convicción de que estamos encargados de hacer mejor al mundo y de que podemos hacerlo?”

  • “Esforcémonos por secundar, a la luz de los principios sociales cristianos, la búsqueda de soluciones adaptadas a realidades siempre mudables”.

Como recuerda el texto, en 1959 la economía argentina atravesaba una crisis profunda y las ventas de Cristalerías Rigolleau se desplomaron. La empresa, controlada por la multinacional estadounidense Corning Glass Works, se dispuso a despedir a 1.200 obreros. Enrique Shaw, entonces director general, logró evitarlo con un plan inspirado en su fe y orientado a preservar las fuentes de trabajo, porque consideraba que el desempleo no solo produce daño económico, sino también un “mal moral”. La crisis se superó, mejoró la eficiencia en la producción, se recuperaron las ventas y se optimizaron las cobranzas; incluso la diferencia de las pérdidas autorizadas por el directorio fue distribuida entre los trabajadores como un premio.

En 1961, en otra crisis, Enrique voló enfermo a Estados Unidos para presentarse personalmente ante los accionistas de Corning Glass Works y oponerse a nuevas cesantías. Arriesgó su cargo de Administrador General, que era la principal fuente de ingresos para sostener a su numerosa familia, con tal de defender las fuentes laborales. Según el testimonio citado, viajó más de 8.000 kilómetros, con sólidos argumentos humanos y económicos, e incluso amenazando con su propia renuncia antes de despedir a un solo trabajador. Logró convencer a los accionistas de no producir despidos. Los 1.200 trabajadores no fueron despedidos, la empresa se recuperó y las ganancias fueron distribuidas entre los obreros.

Otra muestra de su creatividad fue cuando la carpintería interna de Rigolleau, que hacía pallets y cajones para botellas, encarecía costos. Los accionistas decidieron cerrarla, pero Enrique, en lugar de despedir a 300 carpinteros, les otorgó un préstamo para adquirir un terreno frente a la empresa y estableció con ellos un contrato exclusivo como proveedores. Así, los carpinteros pasaron a ser propietarios, mejoraron sus ingresos y Rigolleau bajó costos.

Pero la vida está llena de contradicciones y de hechos que pertenecen al misterio. El texto recuerda una enseñanza de Patris Corde: muchas veces ocurren hechos en nuestra vida cuyo significado no entendemos; la primera reacción suele ser decepción y rebelión, pero José deja de lado sus razonamientos para dar paso a lo que acontece, lo acoge, asume la responsabilidad y se reconcilia con su propia historia. Así también Enrique Shaw asumió su enfermedad con valentía, aun siendo un padre joven en la plenitud de su vida.

El Venerable Enrique Shaw no vacila: su respuesta fue inmediata. Como José, no pide explicaciones; actúa. Esa es la obediencia que confía plenamente en Dios. No significa no sentir miedo o incertidumbre, sino no dejar que la incertidumbre paralice la acción. En cada circunstancia de su vida, Enrique, como José, supo pronunciar su “fiat”, como María en la Anunciación y Jesús en Getsemaní.

Murió el 27 de agosto de 1962, a los 41 años, después de una larga batalla contra el cáncer. Hasta el final mantuvo su actitud de padre, de empresario y de hombre de fe. El texto recuerda también su conmovedora gratitud hacia los trabajadores que donaron sangre para prolongar su vida: “Puedo decirles que ahora casi toda la sangre que corre por mis venas es sangre obrera. Estoy así más identificado que nunca con ustedes”.

Los obreros no volvieron a sus casas después de donar sangre: volvieron al trabajo, para seguir trabajando en Rigolleau, en la empresa que “el padre” había cuidado.

Para reflexionar personalmente o en grupos:

  1. ¿Qué significa “valentía creativa”? ¿Es diferente del mero optimismo o la persistencia? ¿Cómo desarrollar en nosotros esta capacidad?

  2. Shaw, frente a las crisis, busca oportunidades. ¿Es esto caridad, justicia, creatividad empresarial, o las tres? ¿Qué nos dice hoy su manera de actuar en nuestras familias?

Oración final

Salve, custodio del Redentor
y esposo de la Virgen María.
A ti Dios confió a su Hijo,
en ti María depositó su confianza,
contigo Cristo se forjó como hombre.
Oh, bienaventurado José,
muéstrate padre también a nosotros
y guíanos en el camino de la vida.
Concédenos gracia, misericordia y valentía,
y defiéndenos de todo mal. Amén.

Cierre

En el día de San José recordamos al Venerable Enrique Shaw. La grandeza de San José no está en milagros o prodigios, sino en su fidelidad a lo ordinario. Fue humilde carpintero, padre responsable y trabajador incansable. Su santidad está en hacer bien lo pequeño, en cada acción cotidiana.

Enrique Shaw, el “empresario de Dios”, demostró que la santidad es posible en la vida empresarial, en la dirección de una cristalería, en la gestión de personal y en las reuniones de negocios. No abandonó la empresa para hacerse santo: se hizo santo siendo empresario, padre de familia, dirigente eclesial y social. Quienes lo conocieron recuerdan que se esforzaba en hacer todo bien, creía en la perfección del trabajo humano, quiso ser coherente con su misión de santo hasta las últimas consecuencias y aceptó con serenidad cristiana su enfermedad, sin quejarse.

San José y Enrique Shaw enseñan que la santidad es el mismo camino para todos: perfecta fidelidad en lo que Dios nos encomienda. Un carpintero, un empresario, un padre, un trabajador: todos pueden ser santos donde están. Y, a la luz de Amoris Laetitia, la familia aparece como casa de bendición, de oración común y de presencia de Dios. En este camino hacia la beatificación del Venerable Enrique Shaw, su ejemplo de esposo y padre cristiano invita a apreciar el valor del servicio a la voluntad de Dios, el sentido de la fe y la preocupación por el respeto y la protección de la vida.

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